Hoy en día, ver un barco entrar en un dique seco es un proceso de ingeniería milimétrica. Pero hubo un tiempo donde el mantenimiento naval dependía exclusivamente de la fuerza humana, las mareas y un par de cuerdas resistentes.
¿Qué era exactamente carenar? Carenar consistía en «dar a la banda» a una embarcación. Se buscaba una playa de pendiente suave y, mediante el uso de aparejos sujetos a los mástiles, se volcaba el barco lateralmente. El objetivo era limpiar la «obra viva» (la parte que queda bajo el agua), que con el tiempo se llenaba de organismos marinos que ralentizaban la navegación y dañaban la madera.
Un proceso de alto riesgo: No era solo limpieza; era una cirugía mayor. Se realizaba el calafateo: rellenar las juntas de las tablas con estopa de cáñamo y brea para asegurar la impermeabilidad. Si el centro de gravedad se calculaba mal durante el carenado, el barco podía sufrir daños estructurales irreparables antes de volver a flotar.
La herencia en Navigo: Aunque las técnicas han cambiado y hoy contamos con grúas, tecnología de chorreado de arena y recubrimientos epóxicos de alta duración, el principio básico de Navigo se mantiene: la integridad del casco es la vida del barco.
En Navigo, combinamos esa mística de la carpintería de ribera antigua con los estándares industriales más exigentes de la actualidad. Porque sabemos que, aunque el método cambie, el mar sigue siendo igual de exigente.
